Kechemaleia!!!
Cada febrero pienso en Etchojoa, Sonora. En esa fecha se celebra un encuentro indígena súper atractivo, ya que le permite a los yoris estar en contacto con los rituales y las fiestas de los yaquis, de los mayos y de los guarijíos. ¡En serio que es un momento único!
También en febrero es el cumpleaños de Glenn, y por eso pensaba cada rato que esa coincidencia habría que celebrarla allá mismo, en el sur del norte de México. Me di a la tarea de organizar todo, y proponerle mi idea a nuestro amado amigo Mirko, un académico italiano-mexicano extraordinario, dadivoso, creativo y con un corazón inmenso que ahora vive en Ciudad Obregón.
Así que fuimos a Sonora. El plan era que Glenn viera las tierras en las que nació mi papá y con las que tengo una gran afección y, al mismo tiempo, un desarraigo inmenso... Visitamos todo lo posible en Ciudad Obregón, como los museos, la biblioteca, la laguna de Nainari, caminamos por las calles y los parques, vi a mi amiga Maru. También fuimos a Cócorit, sitio en el que me sorprendí con las ceibas y los periquitos, con la disposición cultural y arquitectónica del todo. Visitamos el pueblo Yaqui de Tórim y al danzante que está en la carretera. Todo era de lujo, porque sé bien que son lugares no abiertos a los extraños yoris, como yo...
Del lado mayo, fuimos a Huatabampo, a Etchojoa a la fiesta, y también estuvimos en Camoa. Mirko nos llevó al museo, al primer Koonti, y nos presentó a su familia, como la Maricela y la Matea, mujeres mayos dignas de las mejores palabras por su trabajo honrado, solidario, entregado y comprometido...
Por supuesto, también paseamos por Álamos, el paraíso cultural del sur del norte. Y disfrutamos del baile y de la fiesta en Etchojoa, de la Radio XEEtch, y miramos distintas máscaras, bailes, músicas. Me acerqué al junya ánia...
Más allá de los escenarios y de los encuentros con otros, estuvo el encuentro conmigo y con mi pasado, con un linaje que no había vislumbrado porque estoy a miles de kilómetros en la ciudad. En medio de las historias de jóvenes y de mujeres, vi la imposibilidad que tienen las mujeres de extender las alas y ser o sentirse libres. En medio de las historias de jóvenes y de viejos, vi la cruda realidad de la violencia tanto familiar como social. En medio de las historias de jóvenes y de viejos, vi que no podría ser yo estando allá, y que todos nos debemos al contexto. En medio de las historias de jóvenes y de viejos, vi a mi papá decidiendo no regresar a Huatabampo y dejar de ser católico. No me lo dijo, pero estoy segura que allí veía cadenas que había que romper. Por eso no me bautizó, y nos alejó de Sonora y de cualquier rastro norteño. Yo vi en eso un desarraigo tremendo e inútil, pero ya estando allá, le agradecí tanto lo que hizo.
Para concluir este nuevo viaje de la mayito citadina, quiero contar que estando allá percibí un olor que me conmueve al tuétano, y que lo traigo cargando desde hace mucho. De hecho, cuando lo percibo tengo un viaje... Es el olor al álamo. Un olor de mi linaje, ¡claro está!














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