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martes

Mi bisabuela Laura y yo. Historia de patrones y un “matrón”

Yo soy Ilihutsy, hija de María Guadalupe, quien es hija de Bertha, quien era hija de Laura, quien era hija de Inés. Hasta allí llega el conocimiento de mi linaje materno.


Los años de nuestros nacimientos son los siguientes, de adelante para atrás: 1975-1950-1914-1891-1873. Lo más significativo para mi es que esa rama familiar llegó hasta ahí. Yo no tuve hijos ni los tendré. 


Ilihutsy, yo misma, me dedico a indagar en el pasado y a entender los procesos históricos de las sociedades. Además, organizo y analizo documentos históricos. Mi tendencia es a hurgar en la memoria. Por eso no era sencillo escaparme de hacer esa práctica con mi linaje. 


¿Por qué escojo dedicarme a hablar de mi linaje materno el día de hoy? Si bien hay muchas razones, algunas de ellas inexplicables para mi, quiero detenerme en tres. La primera es que soy feminista, y entiendo que tener esta condición biológica y cultural te posiciona en un espacio tiempo que va más allá de nuestro pagano y cotidiano espacio tiempo. Yo no incursioné en ello con toda mi materialidad porque, insisto, no tengo descendencia. Pero si comprendo nuestras diferencias y las admiro.


Segundo, porque con el paso de los años me he sentido más en cercanía con una de mis primas del lado materno: Thalina. Ella es un espejo muy hermoso. Tenemos muchas semejanzas, y de hecho ella me ha enseñado muchas puertas que yo sola he caminado posteriormente: veganismo, yoga y disciplinas del alma… Ah, eso sí: ella es dos años más joven que yo. También compartimos historias tristes que se espejean.


Y tercero, la relación con mi madre. Yo sí podría presumir que, a pesar de los altibajos, he tenido una excepcional y amorosa relación con mi madre. Recuerdo haberle contado todas mis cuitas, haberla sentido cercana todo el tiempo, ya que ella siempre estaba abrazándome o dándome palabras de cariño y aliento. Aún nos mantenemos así, aunque alejadas. Ella vive encerrada en su casa con mi hermano y sus muchas mascotas, y no hay posibilidad de que yo me acerque a ellos: he sido desterrada.


Con mis pasos y mi fortaleza interior, ¡vaya, soy una mujer adulta responsable y ya no una niña pequeña!, construí una familia nueva con Glenn y mi pequeña Bamboo, que se extiende hacia mis primas [Deneb] y Thalina, y hacia mis círculos de amigos de Yug-Do, del trabajo, de las escuelas, de la vida…


Tal como dice mi maestro Antonio Iborra: ¡hay que ir adelante! Para eso me detengo y veo mi pasado: para seguir caminando y avanzar. Este escrito es parte de ese proceso. Con esto resumo lo que veo para seguir adelante. ¿Y qué es lo que veo?


Veo muchos patrones instalados en mi familia. Por ejemplo, ya que tuve la suerte de ser una de las nietas consentidas de Bertha, mi abue, pude acercarme a ella toda mi infancia y adolescencia, y escuché fervorosamente sus historias personales durante años cada tarde que la visité. La vi postergarse en la cama después de quedar ciega, y no volver a salir de casa. Encerrarse con su hijo menor favorito, y aislarse completamente de sus demás familiares. Por supuesto que eso tiene semejanza con lo que le sucede, aquí y ahora, a mi madre y a mi hermano, su hijo favorito.


¿Por qué mi abuela y mi madre asumen este patrón de quedarse (y encerrarse) con su hijo varón menor (y favorito), y de esta manera “desterrar” a la(s) hija(s)? 


Yo me lo explico así, después de haber hecho lecturas del feminismo de la diferencia: se entiende que el papel de “madre” es aquel que da la vida, cría y cuida a un varón. Por supuesto, ese es el imperativo social. No es que no sean madres de niñas, pero el papel que es reconocido es el de ser madre de niños varones. Así vemos que más representaciones artísticas de todas las culturas occidentales hablan de madres de niños, no de niñas. 


El asunto se complica porque no hay manera de hacer entender a las madres qué hacer con las niñas. No hay instructivo más que su propia vida. Y su propia vida también fue de exclusión familiar. Luego entonces, cuando una mamá tiene una hija proyecta en ella todo lo que ha vivido en carne propia: celos, envidia, enojo y desconocimiento de ella y de las demás. Al mismo tiempo se da cuenta que las niñas son como libélulas inteligentes, más despiertas y que pueden volar (con su creatividad), a diferencia de los varones. Se emocionan y se reflejan. Quieren volver a volar como ellas. 


Y cuando las niñas comienzan a despegar, ellas recuerdan que los papeles para esas niñas libres no son de protagonistas: son cárceles conocidos como puta, presa o loca. Entonces, las madres hacen todo lo posible por cortar las alas a las niñas. Las encaminan al único sendero viable: madresposas.


Estoy segura que, desde la cárcel de ser madresposas, mi abuelita al igual que mi mamá se emocionaron con sus hijas, pero no supieron qué hacer. Entonces mi abuelita empujó a sus hijas a que se casaran y mantuvieran esa relación, pasara lo que pasara. Entonces mi mamá se enojó porque yo no tuve hijos, porque me separé de dos hombres, porque soy autónoma y porque decidí casarme con un extranjero mayor (que le recuerda su propia historia de matrimonio con mi padre).


Así que, para estas mujeres, la única manera de conciliar lo que pasa con lo que desean es entrar en un gran conflicto en el que rompen con las hijas. Hacen surgir y crecer un conflicto entre los hijos, y prefieren a uno y se alejan de otro, o de otros. Se desentienden del asunto. Dejan de operar como madres (si es que alguna vez lo hicieron).


Eso me aísla y margina aún más de lo posible. No me queda linaje familiar al que acceder, no me queda madre, padre ni hermano, no me quedan hijos. ¿De dónde me agarro emocionalmente? Más aún, ¿a qué patrón pertenezco, si no podré hacer lo que mi abuela ni mi madre hicieron con sus hijos varones e hijas hembras?


Allí viene la historia. Allí viene la memoria. Allí vienen los documentos. Decidí buscar la identidad de mis bisabuela y tatarabuela. Mi abuelita Bertha ya me había contado parte de la historia, pero ¿qué tan cierta era?


Encontré referencias de la bisabuela: su nacimiento fue en 1891 en Colima. Si Colima sigue siendo mirada en la actualidad como un pequeño ranchito, ¡imagínense lo que era en 1891! Mi amigo Servando Ortoll ha escrito libros de viajeros a esos lares durante el siglo XIX, y todos se quedaban maravillados con la selva que encontraban. Todo estaba suspendido en el tiempo.


Su padre, Florencio, era el barbero de la ciudad. Le cortaba el pelo a los señores de todos los niveles sociales. Y se casó con Inés, quien por esa razón devino en convertirse en la “parienta pobre” de la familia. El recuerdo de mi abuelita la lleva a pertenecer a una familia foránea y rica de Colima, pero aún no tengo certezas documentales sobre eso.


Laura, mi bisabuela, tuvo varios hermanos más, aunque de nueve solo quedaron cuatro. De esa familia, como de millones más, no tenemos rastros algunos porque hasta ahora no sabemos si tuvieron propiedades o cómo fueron sus vínculos con otras instituciones. Mujeres y hombres completamente populares que se debaten en el devenir cotidiano que se nos escapa a los historiadores.


Mi bisabuela Laura decidió tener una hija en 1914, mi abuela Bertha, cuando ella tenía 23 años. ¿Por qué Laura tuvo a su hija a esa edad? Ella ya no era una chiquilla, era una mujer adulta responsable. Tal vez el motivo fue el amor. Quizá vivía con su familia, quizá rechazó algún noviazgo y matrimonio, tal vez tuvo algunos abortos antes. No lo sabemos. Solo sabemos que tuvo a Bertha en 1914.


Su pareja fue uno de los hombres resultado de un entramado doloroso en la región: del crimen de los Tepames. Ambas familias, los Suárez y los Angüiano, no solo tuvieron conflictos surgidos por la posesión de tierras que resultaron en una horrible matanza, sino que también tuvieron hijos que se casaron y dieron vida a una nueva familia, a una nueva esperanza. Mi bisabuelo Doroteo proviene de esa rama, la del amor.


El padre de Bertha, Doroteo, angustiado por la situación económica por la que atravesaba, decidió irse de mojado y trabajar en Estados Unidos de América. Recordemos que para 1914 la revolución mexicana también ponía ciertos límites a los hombres que buscaban una mejora económica y social. Él envió dinero a su nueva familia, y mantuvo así vigente su compromiso. Laura se negó a cruzar la frontera para unirse a él.


Sin embargo, cuando mi abuela Bertha cumplió ocho años de edad, Laura -mi bisabuela- la dejó en el parque, aunque encargada con sus respectivos abuelos Florencio e Inés. Bertha vivió allí al estilo del paraíso, porque el abuelo la consentía y amaba muchísimo. No importó tanto haber pasado los siguientes años por las guerras cristeras y demás enfrentamientos, porque su abuelo la protegió.


¿Qué pasó con Laura, por qué abandonó a su infanta? Se enamoró de Cristobal Sarmino, un telegrafista militar bien educado y nacido en Puebla. Con él se fue a Irapuato primero, y a Tampico después.


Bertha, mi abuela, años después alcanzó a su madre Laura en Tampico, debido a que el abuelo murió y la abuela Inés rechazó hacerse cargo de ella. La historia de mi abuela tomó otro camino, ya que se casó, tuvo dos hijos y su esposo, un militar, fue asesinado. Ella, sin recurso alguno ni estudios, llegó a la Ciudad de México en espera de apoyo de la familia del  esposo, pero no fue aceptada su propuesta. Entonces, mi abuela trabajó y crió a sus dos pequeños hijos, conoció a mi abuelo Raymundo en una fonda de comida corrida. A pesar de su belleza y juventud, ella cargaba con la cruz de la maternidad y la viudez, asuntos que no le importaron a ese taxista. Por eso es que tuvo, por lo menos nueve embarazos más. Entre ellos el de mi madre.


¿Qué pasó con la bisabuela Laura?, ¿en qué lugar se quedó, cómo vivió, cómo era, qué sueños tenía, qué experiencias hermosas o pavorosas tuvo, en qué trabajó, cuántos esposos o hijos más tuvo, qué amistades tuvo, qué vicios y virtudes tenía, qué le gustaba y disgustaba hacer, qué ciudades fueron sus favoritas, cómo era su cotidianidad, habrá tenido buena salud o alguna enfermedad muy dolorosa, regresó alguna vez a Colima, cómo y cuándo murió? No lo sé.


De hecho, lo único que percibo de ella es su presencia marginada. Mi mamá me cuenta que en ocasiones llegó a visitarlos, pero entre mi abuelita y ella no había una cercana ni amorosa relación que implicó que no hubiera una vinculación cariñosa con sus nietos. No hay recuerdos de ella. Laura quedó en las sombras.


De esta narración puedo sustraer la siguiente hipótesis: mi abuela y mi madre (así como mis otras tías y algunas primas) provienen de una cadena muy patriarcal y cerrada, manteniendo un patrón de madresposas. Sin embargo, la única mujer que no continuó con ese patrón y por tanto que “se liberó” fue Laura. Ella es la representante de ese tipo de “matrón”.


Laura fue la hija, la madre y la abuela no querida. La ultrajada porque no actuó como madresposa. ¿Presa, puta, loca o mujer adulta y responsable de sí misma? Coincide en que su padre, Florencio, la quiso tanto que cuidó a su hija Bertha, demostrando que su linaje era el paterno, no el materno. Encuentro elementos de su historia que se repiten y resuenan en mi. Por eso me atrevo a decir que yo soy mi bisabuelita Laura, en versión Ilihutsy. 


130 años después de tu nacimiento celebro encontrar datos tuyos, querida bisabuela.



P. D. 1 Esta tarde, mediante un mensaje de texto con mi madre, me enteré de la razón del alejamiento entre mi bisabuela Laura y mi abuela Bertha. Laura apoyó a su nieto Federico en un conflicto que éste tuvo con su madre Bertha, del cual no puedo escribir nada porque para las siguientes generaciones aún es secreto. Esto me hace pensar en una nueva hipótesis, el cual es “las madres de este linaje han preferido a un hijo sobre otro u otros permitiendo y fomentando un conflicto entre ellos”, basada en muchas preguntas.


P. D. 2 Este texto lo escribí antes de que mi mamá muriera, y por eso todavía pude consultarla. Mantengo el texto original.

lunes

Guadalupe Casillas Suárez 🕇

El 28 de febrero del 2022, antes de medianoche, mi mamá murió. Sus condiciones físicas y de salud estaban muy deterioradas. La causa fue una crisis de hipoglucemia. Sí, dolorosa y terminal. Si bien su enfermedad comenzó aproximadamente hace diez años, su cuerpo y voluntad se rindieron y decayeron, sobre todo, en el ambiente de la pandemia COVID, ya que el encierro implicó percances como la eliminación del ejercicio, la imposibilidad de ver a especialistas y tener un seguimiento médico y, yo creo, una profundización de una depresión. Descanse en paz.


-Ella
Guadalupe, o Lupita como todos le decían, nació en 1950 en la Ciudad de México. Su familia estaba integrada por mi abuelo Raymundo (de Salvatierra, Guanajuato), mi abue Bertha (de Colima, Colima), dos hijos de mi abue (la chata y Federico), y siete hijos en común (Rey, Jaime, la Nena, la Chiquis, el Toto y Rubén). Mi mamá fue la última hija y la antepenúltima descendente. Por supuesto, las condiciones económicas no eran boyantes, ya que su sustento era el oficio de taxista que mi abuelo ejercía. Hace mucho leí al hojear la prensa que, en esos años, fue común la organización de huelgas de taxistas, exigiendo incremento en las tarifas para mejorar sus ingresos. Consecuencia de ello fue el trastrocamiento de la ciudad, la cual apenas se modernizaba. Sí, ya sé que debo leer más sobre la historia de mi ciudad, ¡pronto lo haré y mejoraré esta versión narrativa!

No sé en qué colonia nacieron, pero fue muy común que se mudaran de casa -¡imaginen una pareja con nueve hijos y un corto recurso económico!- ante la imposibilidad de pagar la renta, aunque recuerdo que ella me compartió que vivieron tanto en el norte como en el centro de la ciudad. Es interesante darme cuenta en estos momentos que no tengo en la memoria este tema tan importante, ¡buscaré notas al respecto! Ello me podría dar pistas para entender muchas cosas que contaré en unos párrafos.

Por ejemplo, ella me decía que siempre se sintió desplazada, ya que era la “no favorita” de sus padres. Cada uno de los abuelos contaba con sus equipos: unos por un lado, y otros por otro. A eso se debe que ella siempre era la más callada, la más silenciosa y la más alejada… Recordaba con cierto enojo que sus hermanos le decían que era una “mustia” y “falsa”, porque la miraban con esa actitud pero que, en ciertos momentos, ¡puuuum!, sacaba las uñas para defenderse o exigir lo que creía oportuno.



Esto es importante, porque ella entendía que debido a ese lugar que le asignaron, su salida fue observar, autoquererse y salvaguardarse. Así es que se quejaba de las “obligaciones” que le impusieron aún siendo una niña: lavar ropa interior, pañuelos y calcetines de mis tíos varones. Conservaba una pequeña cicatriz en la mano, y con ello me mostró muchas ocasiones que esa actividad era peligrosa porque a veces dejaban en las prendas sucias palillos o ¡navajas! ¿Cómo resolvió esa situación? Sencillo: sabía que una de sus hermanas mayores era más débil de carácter, así que a ella le intercambiaba tareas. A consecuencia de eso, mi mamá evitó que nosotros hiciéramos limpieza, y ¡más de ese tipo!

Una anécdota que me parecía la confirmación de su discurso de favoritismo es la siguiente: un día de Reyes Magos, el 6 de enero, los hermanos todos esperaban emocionados los regalos. Mi mamá-niña se levantó en la madrugada, y vio las muñecas que les dejaron. La que le correspondía, porque traía el pegote “Lupita”, no le gustó tan solo al verla, y por eso la intercambió por la de su hermana Chiquis. Y se fue contenta a la cama. Por la mañana, todos recibieron felices el regalo, pero mi abuelita se sorprendió y le dijo a mi mamá que esa no era la suya. Discutieron, y le entregaron la otra muñeca. Mi mamá se enojó tanto que le cortó el pelo, le dibujó bigotes en la cara y ¡demás anomalías! Jajaja, lo leo y vuelvo a reír. Y es que es comprensible: las niñas son hadas que vuelan y son creativas, pero allí estaba la sociedad para cortarle las alas.

Un encuentro muy favorable para toda su familia sucedió cuando ella asistía a la primaria. Junto con la Chiquis iba a la escuela, y ambas fueron interrogadas. La directora estaba muy interesada en sus apellidos, ese “Suárez”, ¿de dónde venía? Sí, de Colima. Y es que, ¡coincidencias maravillosas del universo!, la directora era la prima de mi abuelita. Y así se abrió una brecha de la que aún yo me aprovecho: mi mamá tuvo primos y tíos, y el entorno familiar creció. El desarraigo de esa familia se mantuvo, pero en un amable acompañamiento. 

Mi mamá estudió una carrera técnica, como secretaria, y el instituto particular en el que lo hizo le facilitó su incorporación laboral a un banco. ¿Banco de México? Tampoco lo recuerdo, pero a los 16 años comenzó su labor y su crecimiento. Si bien no obtuvo autonomía si logró independencia económica, y eso le permitió acceder a actividades y objetos con los que nunca soñó: se inscribió en el club deportivo Chapultepec, hizo ejercicio, se vestía bien… Por supuesto que continuó aportando y colaborando con el mantenimiento familiar, el cual pasó por una larga racha complicada: mi abuelo murió, su hermano mayor también y el siguiente hermano, Jaime, se casó. No todo fue malo: los hermanos unieron sus ahorros y compraron en preventa un departamento en Villa Coapa, en una esquina de Caporal, a donde se mudaron después de 1968.

Sobre ese movimiento estudiantil, mi mamá recordaba que ella trabajaba en el centro histórico, y los empleados entraban y salían a la sede mienrras eran vigilados y custodiados por los policías. Por supuesto que no colaboró ni participó en ello, su vida estaba inserta ya en la trama de la explotación capitalista. 

Fue en esos años cuando mi mamá -que debo anunciarlo ya, era una belleza y un primor- conoció a mi papá, Eugenio, gracias al contacto con su prima Gloria. Ella ya estaba enamorada de Ramón, el hermano de mi papá, así que me parece que en esa ocasión mi papá, ya de 40 años, aplicó la sentencia de “a la prima se le arrima”. Si bien mi mamá ya tenía ciertas historias de amor, del amor romantizado de esos años, ellos no le parecieron definitorios porque Lupita debía trabajar día a día y semana a semana… Entonces, creo suponer, la madurez de mi papá la condujo a sus brazos.




Así, Guadalupe y Eugenio se casaron en diciembre de 1974, y yo nací al año siguiente. Lo hice en una de las unidades habitacionales de Copilco, cerca de Ciudad Universitaria. Mi hermano Jusari lo hizo a mediados de 1977. Rápido, rápido. Un poco después de eso mi mamá fue operada, y le extirparon la vesícula biliar. Con ello acabó un periodo de debilidad corporal excesiva. También sucedió que en los años 80, la familia Monroy entró al Club Terranova, allí enfrente de nosotros, y mi mamá muy pronto aprendió a jugar tenis, regresó a nadar (aunque poco lo hizo en mis recuerdos) y se incorporó a una vida con hábitos distintos: al cuidado de los hijos y al ejercicio.

Su vida siguió de forma tranquila, como la de muchos otros. Eso sí, ella se mantuvo jugando tenis, ya en el Olimpia o el Avante, y en sus últimos años en el torneo de tenis Nena Pinedo, en Mixcoac. Recuerdo que en sus últimos años, sus rodillas le impidieron tomar la raqueta, pero ella seguía colaborando con el grupo desde su puesto de tesorera. Las chicas la amaban, tanto como ella lo hacía.

Tengo que contar una anécdota que me incluye de pasadita… Tal vez fue en 1994 o 95 cuando mi mamá sufrió con unos dolores impresionantes. Pensamos que era el apéndice. No, sus trompas de falopio explotaron y los médicos le hicieron una salpingectomía. Yo la cuidaba todo el tiempo, y al mismo tiempo limpiaba la casa y lavaba ropa como obsesa: tales eran mis nervios. Cuando ya estaba mejorando, le propuse que fuéramos al Zoológico de Chapultepec. Fuimos en metro, y nuestro transbordo en Balderas fue muy difícil para ella. Caminar es bueno, pero ¡eso fue un exceso! 

Y la segunda memoria que tengo al respecto de su operación es la siguiente. Mi mamá era buenísima jugando tenis: tenía una derecha cortada que hacía correr al contrincante por todos lados, y además era muy buena observadora, por lo que identificaba tus puntos débiles y los aprovechaba al máximo. Entonces yo hice lo mismo: me beneficié de su condición de recuperación de salud y jugué tenis con ella, la hice correr de derecha a izquierda, de izquierda a derecha y, por única vez en mi vida, ¡le gané un partido! Awww, ¡qué felicidad y qué risa!


Mi mamá acompañó a mi papá hasta su muerte, la que aconteció en 2011. Siento que Lupita se quedó sin plan, y eso contribuyó a su debilitamiento. Y no la culpo por no haber organizado su vida, ¡por supuesto que no!, ya que ella era una Acuario con ascendente en Géminis a la que se le complicaba el orden y la disciplina. Más allá de mi astrológica interpretación, entiendo que normalmente después de un cansancio prolongado por cuidar a un enfermo la salida es el descansar. Y eso hizo. 

Te amo, mamá.

-Por el mismo camino
Estoy muy contenta por haber compartido más de 40 años con mi mamá. En ese proceso, tuvimos nuestros encuentros. Recuerdo que fuimos íntimas amigas, y por eso le confié cosas que resultaría complicado decirle a una madre. Por ejemplo, le contaba de mis encuentros amorosos y sexuales, de mi nudismo, la llevaba a mis conferencias o ponencias, la llevé de viaje a Cuernavaca y a Sonora, salimos a comer a restaurantes veganos y vegetarianos en Coyoacán y demás lugares, la llevaba a mis actividades de YugDo, la llevé a la acupuntura, la llevaba a mi casa y le leía libros feministas… Conoció a casi todas mis amigas y muchos amigos. Nunca opinaba de ellos ni los criticaba, sino al contrario: solo nos abrazaba y nos daba de comer, ¡ah, esos chiles morita, ah, esos chiles rellenos en una cama de arroz, ah, esos tamalitos de acelga, ah, ah, ah…! Isabel y Polé recuerdan, por ejemplo, las chambras y cobijas que mi mamá les tejió como una muestra de amor y de amor y de amor.

También conoció y convivió con mi perrita Bamboo gris, quienes se amaban completamente; con mi ex pareja Guillermo, a quien le agradezco que fuera a despedirse de ella, y con Christian. No conoció a Glenn, y por eso él y su familia están muy tristes. Aún así, frente al ataúd, Glenn fue a saludarla, a presentarse y a agradecerle porque me tuvo a mi. Y así, el ciclo se cierra.




Sé que en los próximos días, meses y años llagarán a mi más ejemplos y enseñanzas que me trasmitió, pero quisiera contar algo que siempre lo consideré como algo “malo”, pero después de su muerte lo miré con otros ojos. Ya dije que ella fue toda hermosa, y por eso recuerdo que los hombres en la calle la asaltaban con frases, silbidos y actitudes violentas. ¡Machos imprudentes! Una ocasión en la mañana, íbamos Jusari, mi mamá y yo al hospital en Coyoacán, cerca de Tlalpan, yo era niña, porque recuerdo que le daba la mano a mi mamá. Y en un momento, un motociclista pasó y la nalgueó. Mi mamá respondió con palabrotas, groserías y estaba muy indignada y enojada. Así también una ocasión que entrábamos al edificio, y al frente de los elevadores había un grupo de chicos, quizá de mi edad o un poco más grandes, los cuales reían y se acercaron a ella para verle ¡los calzones! Mi mamá respondió dándoles unas patadas. Mi interpretación era la siguiente: “¿por qué pasó eso, por qué hizo eso mi mamá?”, como si me avergonzara porque no buscó una salida más “diplomática”. Hace dos días que me llegaron esos recuerdos pensé: “wow, mi mamá me enseñó a responder inmediatamente ante las injusticias sobre ella, cuando se trastocan sus límites, ¡y no lo entendí!”. No lo capté, sino hasta ahora.

-Por distintos caminos
Hace siete años que mi mamá y yo nos distanciamos. A mi me dolió en el alma, sobre todo porque nos volvimos muy cercanas como respuesta de la partida de mi papá. Lloré, grité y  poco a poco fui calmándome. La división estaba marcada. Hace unos días le dije a Jusari: “me expulsaron”, lo cual también puede ser leído como “me liberaron”. Me quitaron todas las responsabilidades que yo siempre me había querido cargar en mi espalda por todo lo que hiciera mi mamá. Y debo comprender que yo no soy su mamá, aunque ella, desde niña, me dijera “mi madrastrita”. No, yo era su hija. Hoy soy su hija adulta, la hija adulta de una madre adulta. Y en ese entendimiento, no quise obligarla a que hiciera lo que a mi me parece adecuado: sería quitarnos la dignidad. También entendí que en cualquier relación existen los tiempos de fusión y separación, según Fina Sanz, y mi mamá no quería fusionarse conmigo. Amigas me insistían: “ve con ella, ve con ella”, pero siempre me negué a sobrepasar su decisión. Esperé, disciplinadamente, que me llamara para que la ayudara.

Y su solicitud de ayuda sucedió hace dos años, con la pandemia. Mi mamá estaba muy descuidada debido a una caída que tuvo además del avance de sus enfermedades. Nuestro contacto no volvió a ser el mismo, porque las reglas cambiaron y mi mamá no me requirió más. Era el tiempo de una nueva separación aunque en contacto con wapp…

Agradezco con el alma a mi hermano Jusari por la entrega y el cuidado que hizo por mi mamá en este doloroso proceso. Ambos eran almas complementarias y, me queda claro, vivieron esta etapa de fusión al máximo.


PD Sigo la misma narrativa que le hice a mi abuelita Bertha Suárez Andrade. Sí, ambas eran idénticas en algunos aspectos, tal como yo soy igual a mi mamá en otros. Claro, somos del mismo linaje materno.




domingo

Entrañas de Colima, mi abuelita y YugDo

I
Estoy en un momento de crisis.
Lo sabe mi vida.
Lo sabe mi alrededor.
Lo sabe mi maestro.

Entonces fuimos a Colima, solo para que yo tuviera el encuentro con la memoria.
Con la sanación.

II
Hace diez años murió mi abuela, mi abuelita Bertha.
Exactamente diez.
Nació en Colima en 1913.
Y yo lo recordé en el momento justo de aterrizar allí.

Allí comenzó la magia, la verdadera magia.

III
Los recuerdos no se suscitaron por el paisaje.
Fue solo con la herencia que hay en su gente.

Con los círculos viciosos que se mantienen.
Nos siguen hiriendo.
Con las espirales que nos alumbran.
Nos siguen enseñando.

IV
En el parque de la reserva de la biósfera conversé con ella.
Era nuestra guía. Obviamente.

Y me contó que su padre fue asesinado hace un mes.
Problemas de tierra, dicen.
Su padre sabía que el rencor de esa tierra hace que las entrañas regurgiten una y otra vez:
el banquete de la historia está servido.
Él, su familia, fue el menú del día.

Como mi familia lo fue en Los Tepames hace cien años.
Lloré.
Lloro.

V
Volcanes, parotas, palmeras.
Pajarillos, jilgueros, loros.
¿Coyotes?
Fachadas blancas y cielos estrellados.
Barrancas y sierras, todo es verde azulado.

Allí fui un árbol.
Y cuando mi entramado me ahorcaba,
solo en ese momento,
apareció el sol.
Luego el amor.

Olvidé.
Sonreí.
Sané.

V
Solo así fue posible.
Las conexiones que me sanaron
vinieron después.

Sí, las enchiladas con el manchamanteles
que ella me preparaba.
Sí, la señora que tenía su rostro.
Eran su misma belleza y madurez.
Le pregunté su nombre.
Y no me miró.
Le sonreí todo el tiempo.

VI
Mi abuelita estuvo conmigo.
Me abrazó con sus mensajes.
Señales de amor.
Señales de recuerdos.
Avisos de sanación.







¿Te preguntas qué es eso de Los Tepames? Busca el libro de Servando Ortoll, Artífices y avatares: lo que revela el juicio de Tepames, Colima (1909-1914), Colima, Archivo Histórico del Municipio de Colima, 2015; Rogelio Guedea, El crimen de Los Tepames, Random House Mondadori, 2013; Emilio Rodríguez Iglesia, El crimen de Los Tepames. Novela histórica, México, Costa Amic, 1972 (1909).

jueves

Bertha Suárez Andrade



[febrero 2009]

Estoy en un momento de luto, ya que mi abuela Bertha ha muerto.
Pero no me han dejado de acompañar sus recuerdos, sus sueños, sus palabras, sus manos, su vida, sus ojos (como cuencos sin vida y sin luz en estos últimos cinco, seis años). Por eso, estoy contenta. Satisfecha porque ella ha dejado de sufrir esa perra etapa, la última de su vida. Aún más alegre porque la conocí y compartimos muchas cosas, tales como varios secretos, las ricas comidas, los distintos olores de sus casas, las tontas y corajudas lágrimas, las sabrosas risas y las inexplicables peleas, todo lo cual forma un tejido lindo, azul turquesa, rosa y naranja, en este largo proceso de treinta años.
Hoy, 19 de febrero de 2009 concluye una vida que inició ya el 28 de noviembre de 1915 o el 6 de diciembre de 1914 en Colima, México. Como un banco de arena, mi abuelita tuvo un montón de alegrías y de desgracias, pisó y cambió rumbos en muchas ocasiones y que en otros momentos más largos y más oscuros, se detuvo en un solo lugar sin modificaciones. Pero, ¿qué vida no está limitada por estos elementos?
Si, no tengo perdón. Soy una profesionista de los recuerdos y el pasado y no recurrí a guardar sus palabras, sus frases, su testimonio. Siempre encontré los pretextos perfectos para negarme la responsabilidad: no me dejan trabajar con ella, no quiere, no tengo los recursos electrónicos…
Como contra respuesta tengo imágenes que ella me compartió, que me pueden ayudar a significarla, a contextualizarla, a explicarla. Debo admitir que hay muchas versiones de este su pasado, debido al tamiz de sus relaciones. Así, sus hijos y nietos favoritos la recordaremos como la madre y la abuela ejemplar. Esto está en estrecha relación con el ser mexicanos, los cuales opinan que a la madre no hay que tocarla ni con el pétalo de una rosa, y por eso se le perdonan todos sus defectos. Yo no haré nada de eso. Sólo contaré lo que recuerdo, lo que viví con ella.

· Ella
Me decía que sus primeros recuerdos la llevaban a sus abuelos. Florencio Andrade la quería más que su abuela, Inés Sánchez Voggel. Por eso, le daba todo a esta nieta, hija de su hija, abandonada por su hija. Las otras tías y primas detestaban eso, la envidiaban, la menospreciaban por no estar con padre y madre propios. Era una intrusa.
Era Colima de las primeras décadas del siglo XX. Azotado por los cristeros, emergiendo del movimiento revolucionario. Encrucijada por los recuerdos familiares, por los secretos y los rumores; ese es el tiempo y espacio de la infancia de Bertha. Su madre Laura Elena, persona dura, se había enamorado (eso esperamos todos) de su marido, Doroteo Suárez González, quien fue contratado como migrante agrícola en Estados Unidos a partir de la primera guerra mundial, con lo cual llegó a Los Ángeles en 1916 y se estableció en Montebello, California.
Él se fue, sabiendo que con su hija, la esperanza de ese nuevo proyecto debía tener causes materiales y sustentables. Fue en busca de alimento. Encontró allá un buen espacio para desarrollarse. Mandó llamar a su esposa y a su hija. No recibió respuesta. Insistió en varias ocasiones. No recuerdo si el abuelo o la madre fueron los que evitaron que se diera lo esperado. El aire, la soledad, los nuevos caminos lo llevaron a hacer allá una nueva vida. Un nuevo amor, una nueva familia con retoños.
Esa posible convivencia entre padre e hija fue cortada de un tajo. Los límites espaciales no sólo fueron las únicas fronteras y frenos que se interpusieron: hubieron mentiras para evitar ese acercamiento. Más de cincuenta años después se reunieron y entrecruzaron estas vidas, que ya sin más hilo conductor que el genético, dieron explicaciones, abrazos y risas. Se contaron historias, se compartieron comida, fotografías y vivencias. (Los testimonios están decolorándose, pero existen)
Una de sus experiencias más abismales fue su participación pasiva (del tipo de muñeca de trapo) en las misas colectivas en diversas iglesias cerradas por los párrocos que apoyaron el movimiento cristero en Colima durante los años 27 y 28. Ella recordaba que su abuela era una de esas fanáticas, que se exacerbaba y presionaba a los federales. Por eso, en varias ocasiones, en la lucha más cruenta, se llevó a sus hijas y a su nieta para que se pusieran a rezar en plena confrontación. Un pariente que trabajaba en el Ejército Federal, las jaló y salvó de una –quizá—matanza de cristeros.
Me contó sobre su desempeño escolar. La primaria en Colima. Era un sistema de esos viejos, donde el interés era que los niños aprendieran. Estaba todo el día en clases y por la tardes jugaba basketbol. Mi papá decía que eso no podía ser cierto, que si lo hubiera sido, ella hubiera tenido interés en hacer ejercicio, en hacer algo con su cuerpo. En dejar la cama. No sé, a mi me gusta el asunto de ensoñación…
Ya estando en pubertad fue llevada con su madre a Tampico. Fue la edad de la adolescencia, el climax de una mujer bella, morena y hermosa, de las pequeñas poblaciones del interior de la República Mexicana. Un puerto cálido con un establecimiento militar. Por eso estaba ahí. Su padrastro, Sarmina, laboraba como telegrafista en el destacamento. De esta forma ella pudo acceder al mundo elitista y disciplinado de los militares. Fue así que asistió a las fiestas, a los paseos al kiosco del pueblo, a las tertulias. Convivió con los militares de alto grado. Se enamoró. Asistió a un enamoramiento de película. Todo era azul y rosa. Ricardo Ramos bailando, mirándola y abrazándola. Ella bailando, mirándolo y abrazándolo. Pero el sueño se acabó y él no insistió. La dejó por otras chicas. Ella se deprimió de forma total. Extrema. Al vacío.
Eso fue aprovechado por el amigo del padrastro, Federico Quiroz. Fue el hombro que recibió las lágrimas de dolor, de desesperanza, de tragedia. Vio como la niña-mujer desarrollaba sus sentimientos y los fue encalando hacia su persona. Los atrajo sutilmente. La encerró en la amistad y le propuso amor.
Ella aceptó. Se casaron. Eso significó para Sarmina y su madre, una mejora sustancial en sus formas tradicionales de vida. Porque Quiroz, el capitán, feo, chaparro y listo, era un gran militar de alcurnia, de abolengo militar. Bertha se embarazó pronto. Y en este proceso, el otro enamorado regresó y le suplicó que se fuera con él. No pudo zafarse de los controles sociales, del “qué dirán”, del deber ser mujer en los años treinta.
El capitán, encerrado en este punto, atinó a llevarse a su nueva familia a la Ciudad de México. Separó estos destinos lo más que pudo. Fue tan efectivo que jamás tuvieron noticia el uno del otro. La felicidad podría haber llegado a la puerta de este nuevo matrimonio, una niña y un niño por nacer. Ningún tope se avizoraba. Pero en estas escenas le gusta aparecer a la muerte, más las que acontecen por la violencia inexplicable. El capitán Quiróz fue asesinado una tarde de febrero de 1936 (¿o fue 1937?).
Así se cumple la primera viudez de esta joven de 20 años: sola en la gran Ciudad de México, con dos hijos, sin profesión. Y pronto se dio cuenta que sin redes, sin sustento. La familia del capitán no ayudó a la desvalida. Así, trabajó en lo que pudo: como cajera en un Salón de belleza, como secretaria y dependienta. Fue insistiendo en ese campo, el comercio de la pujante metrópoli. Recordaba cómo tomaba el tranvía y daba vueltas a la ciudad de México. Encargaba a sus chicos y salía a trabajar. Vivía en casas de huéspedes. Las diversiones eran ver crecer a sus hijos. Comía en un pequeño comedor económico. Ese es el lugar preciso donde conoció a Raymundo Casillas (a más datos, mi abuelo).
No sé si se gustaron de forma inmediata. De seguro él si cayó por los encantadores labios de Bertha, por su cabello negro y abundante, por sus caderas y cintura. Él era un buen hombre grande, pelirrojo, narizón. Un hijod´algo, un españolote venido a menos después de dos generaciones de estancia en México. Mocho hasta los tuétanos. Vivía con su madre y hermana, las cuales lo controlaban de manera extraordinaria. Provenían de Salvatierra, Guanajuato. Él trabajaba como taxista, no sé si de un cocodrilo o de un particular, pero laboraba en los caminos. Y por desconocidas circunstancias estaban aquí reunidos, en las márgenes de la Ciudad de los Palacios, en la región más transparente del mundo.
Salto que ha de haber dado la madre al enterarse que su hijo sería presa de una mujer con dos hijos, una viuda lagartona. Una viuda negra. Ummmhh, presentimientos fuera de la realidad. Ella sólo tenía veinte años y por ser viuda se enfrentaba a este mundo reglado con normas machistas inaplicables. Y dolorosas.
Tengo la impresión que ella aceptó no porque lo quisiera, no porque le gustara. Definitivamente ella esperaba continuar en un mundo de comodidades y el esposarse con un taxista le impedía este futuro promisorio. Pero se casaron.
Ella nunca me habló de su boda, de su segunda boda. Ampliaba los recuerdos y las narraciones de los bailes de juventud pero eliminaba los detalles de su primera estancia en la cosmopolita Ciudad de México.
En esta nueva etapa ella vivió como la madre dadora de la vida. Así es que tuvo muchos, muchos críos más a los dos existentes. La Chata (chatita también le decían a ella) Kiko, Sergio, Rey, Jaime, la Nena, la Chiquis, Guadalupe, Toto, Rubén. Vaya que si fue fértil.
Cada parto estaba envuelto entre crisis de pareja y familiar debido sobre todo a una permanente crisis económica. El subempleo y la mala administración de los exiguos recursos. Decía mi mamá y mi abuelita que Raymundo siempre tenía dinero para invitar a comer harto y beber alcohol a sus valedores pero nunca le alcanzaba para que comieran sus hijos. Además, la vida de Raymundo estaba rodeada de otro placer aún más dañino: le gustaba la buena vida con nuevas mujeres. Hasta con su prima se metió. Uy, eso si que le dolía. Bertha estuvo dedicada a un negocio de zapatos, le invirtió tiempo y dinero, muchísimo esfuerzo y cuando hubo de alejarse para parir, Raymundo le cambió de nombre al changarro y se lo entregó a la amante. Decía mi abuela “más le duraba un pedo en la mano que el dinero” y mamá añadía “farol de la calle, oscuridad de la casa”.
Y es por eso que a partir de entonces, la vida de Bertha estuvo estrechamente ligada a la cama: la cama como espacio de sensualidad, erotismo y amor práctico que fenecía en un embarazo y en un retoño; la cama como espacio de sostén de las múltiples enfermedades que la aquejaron cientos de veces, respuesta de tantos hijos o de una mala alimentación o de una anemia prolongada; la cama como trono de poder, de control sobre los hijos.
Ahí la recuerdo, sentada y acostada, viendo la tele, escuchando la radio, platicando, peinándose, desayunando, comiendo y cenando, toda su vida en una cama. Tan es así que la frase “voy a reposar el baño” es legendaria en casa, aludiendo a esta experiencia habitual de mi abuela. De esta forma, crecieron sus hijos. Alrededor de la cama y cumpliendo las tareas que la madre enferma o preñada no podía realizar. Las hijas, por supuesto y como consecuencia de una sociedad machista, tuvieron que encargarse en mayor cantidad de estas tareas.
Y así, comenzaron las pérdidas. Un hijo fue rechazado hasta la desaparición de todo recuerdo, como resultado de un castigo por sus acciones juveniles y, quizá, equívocas. No nos enteraremos hasta encontrar al susodicho. Luego, uno se fue. Hace poco fue reencontrado y aunque intentó ver por última vez a su madre, los hijos le negaron dicha oportunidad. Poco después, en el año de 1966, murió su segundo esposo. Y finalmente, en 1968, uno de los dolores más terribles que sufrió fue la muerte de su hijo predilecto, de Rey. Todo ello lo asumió como asunto del destino. También fue el destino convertirse y dedicarse a ser madre de su último hijo, Rubén, y de ser abuela de sus muchos nietos.
Algunos la recordarán de forma atropellada como la peor abuela, otros la recordaremos como la abuelita más cariñosa y dedicada. ¿Qué más decir de esta vida llena de fantasías, sueños, gustos, risas, alegrías pero claro está, también de tristezas, lloridos, crisis, tragedias?
Si, una más: se quedó ciega. Se quedó sola. Se quedó rodeada de algunos hijos y nietos pero, al final de cuentas, sola. Así se puede explicar su determinación de irse con su hijo predilecto: una negación de sí misma. Pero, ¿cuál vida se escapa de eso? Creo que ninguna, todas caen en contradicciones y terribles decisiones. Los últimos tres años de su vida transcurrieron no sólo en oscuridad sino también en una ensoñación estilo pesadilla: no sabía si era de día, de noche, de primavera o de invierno. Ausente de sí misma. Perdida entre sombras e imágenes que nunca pudo compartir con nosotros, con muchos de nosotros que la recordamos.

· Por el mismo camino
Lo bueno de vivir la vida es que uno comparte experiencias de todo tipo con mucha gente. Y así, de pronto coincidimos con personas valiosas. Para mí, la relación con mi abuela fue así, magnífica, completa y feliz. No siempre, pero sí en su mayoría.
Estoy contenta de haberla conocido, de haber tocado sus manos, de haberla escuchado, de haberla visto cambiar, de abrazarla muchas veces. Dicen que todas las abuelas les dicen a sus nietos que son los favoritos. Eso también me dijo mi abue a mí en múltiples ocasiones. A ella le creo más. Sé que fui su consentida. Con eso me quedo.

· Por distintos caminos
Hace tres años mi abuela me dejó. Antes de su muerte física, ella sufrió una muerte social y anímica. No es que no estuviera, como en un coma, sino que se dejó ir a lugares desconocidos. Desconocidos y lejanos. La vi muy mal y dejé de asistirla. Decidí despedirme y hacerme a la idea de que estaría mejor en otras condiciones, como bajo tierra. Su cuerpo pasó de ser una estructura rechoncha a un esqueleto con pellejo, con visos de Bertha. Nunca más pude enfrentarme a su imagen, ni siquiera a sus noticias. Decidí dejar la culpa de este abandono a sus hijos y no a ella.
Y por eso, también la abandoné. No me arrepiento, creo que fue necesario porque ello permitió que todo el proceso de dolor fuera aminorado. La sentí. La viví. Y me separé de ella. Con gusto y al mismo tiempo con dolor. Otra contradicción de la vida.

lunes

Bertha Suárez Andrade




[febrero 2009]

Estoy en un momento de luto, ya que mi abuela Bertha ha muerto. Pero no me han dejado de acompañar sus recuerdos, sus sueños, sus palabras, sus manos, su vida, sus ojos (como cuencos sin vida y sin luz en estos últimos cinco, seis años).
Por eso, estoy contenta. Satisfecha porque ella ha dejado de sufrir esa perra etapa, la última de su vida. Aún más alegre porque la conocí y compartimos muchas cosas, tales como varios secretos, las ricas comidas, los distintos olores de sus casas, las tontas y corajudas lágrimas, las sabrosas risas y las inexplicables peleas, todo lo cual forma un tejido lindo, azul turquesa, rosa y naranja, en este largo proceso de treinta años.
Hoy, 19 de febrero de 2009 concluye una vida que inició ya el 28 de noviembre de 1915 o el 6 de diciembre de 1914 en Colima, México. Como un banco de arena, mi abuelita tuvo un montón de alegrías y de desgracias, pisó y cambió rumbos en muchas ocasiones y que en otros momentos más largos y más oscuros, se detuvo en un solo lugar sin modificaciones. Pero, ¿qué vida no está limitada por estos elementos?
Si, no tengo perdón. Soy una profesionista de los recuerdos y el pasado y no recurrí a guardar sus palabras, sus frases, su testimonio. Siempre encontré los pretextos perfectos para negarme la responsabilidad: no me dejan trabajar con ella, no quiere, no tengo los recursos electrónicos…
Como contra respuesta tengo imágenes que ella me compartió, que me pueden ayudar a significarla, a contextualizarla, a explicarla. Debo admitir que hay muchas versiones de este su pasado, debido al tamiz de sus relaciones. Así, sus hijos y nietos favoritos la recordaremos como la madre y la abuela ejemplar. Esto está en estrecha relación con el ser mexicanos, los cuales opinan que a la madre no hay que tocarla ni con el pétalo de una rosa, y por eso se le perdonan todos sus defectos.
Yo no haré nada de eso. Sólo contaré lo que recuerdo, lo que viví con ella.
· Ella
Me decía que sus primeros recuerdos la llevaban a sus abuelos. Florencio Andrade la quería más que su abuela, Inés Sánchez Voggel. Por eso, le daba todo a esta nieta, hija de su hija, abandonada por su hija. Las otras tías y primas detestaban eso, la envidiaban, la menospreciaban por no estar con padre y madre propios. Era una intrusa. Era Colima de las primeras décadas del siglo XX. Azotado por los cristeros, emergiendo del movimiento revolucionario. Encrucijada por los recuerdos familiares, por los secretos y los rumores; ese es el tiempo y espacio de la infancia de Bertha.
Su madre Laura Elena, persona dura, se había enamorado (eso esperamos todos) de su marido, Doroteo Suárez González, quien fue contratado como migrante agrícola en Estados Unidos a partir de la primera guerra mundial, con lo cual llegó a Los Ángeles en 1916 y se estableció en Montebello, California. Él se fue, sabiendo que con su hija, la esperanza de ese nuevo proyecto debía tener causes materiales y sustentables. Fue en busca de alimento. Encontró allá un buen espacio para desarrollarse. Mandó llamar a su esposa y a su hija. No recibió respuesta. Insistió en varias ocasiones. No recuerdo si el abuelo o la madre fueron los que evitaron que se diera lo esperado. El aire, la soledad, los nuevos caminos lo llevaron a hacer allá una nueva vida. Un nuevo amor, una nueva familia con retoños. Esa posible convivencia entre padre e hija fue cortada de un tajo. Los límites espaciales no sólo fueron las únicas fronteras y frenos que se interpusieron: hubieron mentiras para evitar ese acercamiento. Más de cincuenta años después se reunieron y entrecruzaron estas vidas, que ya sin más hilo conductor que el genético, dieron explicaciones, abrazos y risas. Se contaron historias, se compartieron comida, fotografías y vivencias. (Los testimonios están decolorándose, pero existen)
Una de sus experiencias más abismales fue su participación pasiva (del tipo de muñeca de trapo) en las misas colectivas en diversas iglesias cerradas por los párrocos que apoyaron el movimiento cristero en Colima durante los años 27 y 28. Ella recordaba que su abuela era una de esas fanáticas, que se exacerbaba y presionaba a los federales. Por eso, en varias ocasiones, en la lucha más cruenta, se llevó a sus hijas y a su nieta para que se pusieran a rezar en plena confrontación. Un pariente que trabajaba en el Ejército Federal, las jaló y salvó de una –quizá—matanza de cristeros.
Me contó sobre su desempeño escolar. La primaria en Colima. Era un sistema de esos viejos, donde el interés era que los niños aprendieran. Estaba todo el día en clases y por la tardes jugaba basketbol. Mi papá decía que eso no podía ser cierto, que si lo hubiera sido, ella hubiera tenido interés en hacer ejercicio, en hacer algo con su cuerpo. En dejar la cama. No sé, a mi me gusta el asunto de ensoñación…
Ya estando en pubertad fue llevada con su madre a Tampico. Fue la edad de la adolescencia, el climax de una mujer bella, morena y hermosa, de las pequeñas poblaciones del interior de la República Mexicana. Un puerto cálido con un establecimiento militar. Por eso estaba ahí. Su padrastro, Sarmina, laboraba como telegrafista en el destacamento. De esta forma ella pudo acceder al mundo elitista y disciplinado de los militares. Fue así que asistió a las fiestas, a los paseos al kiosco del pueblo, a las tertulias. Convivió con los militares de alto grado. Se enamoró. Asistió a un enamoramiento de película. Todo era azul y rosa. Ricardo Ramos bailando, mirándola y abrazándola. Ella bailando, mirándolo y abrazándolo. Pero el sueño se acabó y él no insistió. La dejó por otras chicas. Ella se deprimió de forma total. Extrema. Al vacío.
Eso fue aprovechado por el amigo del padrastro, Federico Quiroz. Fue el hombro que recibió las lágrimas de dolor, de desesperanza, de tragedia. Vio como la niña-mujer desarrollaba sus sentimientos y los fue encalando hacia su persona. Los atrajo sutilmente. La encerró en la amistad y le propuso amor. Ella aceptó. Se casaron. Eso significó para Sarmina y su madre, una mejora sustancial en sus formas tradicionales de vida. Porque Quiroz, el capitán, feo, chaparro y listo, era un gran militar de alcurnia, de abolengo militar. Bertha se embarazó pronto. Y en este proceso, el otro enamorado regresó y le suplicó que se fuera con él. No pudo zafarse de los controles sociales, del “qué dirán”, del deber ser mujer en los años treinta.
El capitán, encerrado en este punto, atinó a llevarse a su nueva familia a la Ciudad de México. Separó estos destinos lo más que pudo. Fue tan efectivo que jamás tuvieron noticia el uno del otro. La felicidad podría haber llegado a la puerta de este nuevo matrimonio, una niña y un niño por nacer. Ningún tope se avizoraba. Pero en estas escenas le gusta aparecer a la muerte, más las que acontecen por la violencia inexplicable. El capitán Quiróz fue asesinado una tarde de febrero de 1936 (¿o fue 1937?). Así se cumple la primera viudez de esta joven de 20 años: sola en la gran Ciudad de México, con dos hijos, sin profesión. Y pronto se dio cuenta que sin redes, sin sustento.
La familia del capitán no ayudó a la desvalida. Así, trabajó en lo que pudo: como cajera en un Salón de belleza, como secretaria y dependienta. Fue insistiendo en ese campo, el comercio de la pujante metrópoli. Recordaba cómo tomaba el tranvía y daba vueltas a la ciudad de México. Encargaba a sus chicos y salía a trabajar. Vivía en casas de huéspedes. Las diversiones eran ver crecer a sus hijos. Comía en un pequeño comedor económico. Ese es el lugar preciso donde conoció a Raymundo Casillas (a más datos, mi abuelo).
No sé si se gustaron de forma inmediata. De seguro él si cayó por los encantadores labios de Bertha, por su cabello negro y abundante, por sus caderas y cintura. Él era un buen hombre grande, pelirrojo, narizón. Un hijod´algo, un españolote venido a menos después de dos generaciones de estancia en México. Mocho hasta los tuétanos. Vivía con su madre y hermana, las cuales lo controlaban de manera extraordinaria. Provenían de Salvatierra, Guanajuato. Él trabajaba como taxista, no sé si de un cocodrilo o de un particular, pero laboraba en los caminos. Y por desconocidas circunstancias estaban aquí reunidos, en las márgenes de la Ciudad de los Palacios, en la región más transparente del mundo.
Salto que ha de haber dado la madre al enterarse que su hijo sería presa de una mujer con dos hijos, una viuda lagartona. Una viuda negra. Ummmhh, presentimientos fuera de la realidad. Ella sólo tenía veinte años y por ser viuda se enfrentaba a este mundo reglado con normas machistas inaplicables. Y dolorosas. Tengo la impresión que ella aceptó no porque lo quisiera, no porque le gustara. Definitivamente ella esperaba continuar en un mundo de comodidades y el esposarse con un taxista le impedía este futuro promisorio. Pero se casaron. Ella nunca me habló de su boda, de su segunda boda. Ampliaba los recuerdos y las narraciones de los bailes de juventud pero eliminaba los detalles de su primera estancia en la cosmopolita Ciudad de México.
En esta nueva etapa ella vivió como la madre dadora de la vida. Así es que tuvo muchos, muchos críos más a los dos existentes. La Chata (chatita también le decían a ella) Kiko, Sergio, Rey, Jaime, la Nena, la Chiquis, Guadalupe, Toto, Rubén. Vaya que si fue fértil. Cada parto estaba envuelto entre crisis de pareja y familiar debido sobre todo a una permanente crisis económica. El subempleo y la mala administración de los exiguos recursos. Decía mi mamá y mi abuelita que Raymundo siempre tenía dinero para invitar a comer harto y beber alcohol a sus valedores pero nunca le alcanzaba para que comieran sus hijos. Además, la vida de Raymundo estaba rodeada de otro placer aún más dañino: le gustaba la buena vida con nuevas mujeres. Hasta con su prima se metió. Uy, eso si que le dolía. Bertha estuvo dedicada a un negocio de zapatos, le invirtió tiempo y dinero, muchísimo esfuerzo y cuando hubo de alejarse para parir, Raymundo le cambió de nombre al changarro y se lo entregó a la amante. Decía mi abuela “más le duraba un pedo en la mano que el dinero” y mamá añadía “farol de la calle, oscuridad de la casa”.
Y es por eso que a partir de entonces, la vida de Bertha estuvo estrechamente ligada a la cama: la cama como espacio de sensualidad, erotismo y amor práctico que fenecía en un embarazo y en un retoño; la cama como espacio de sostén de las múltiples enfermedades que la aquejaron cientos de veces, respuesta de tantos hijos o de una mala alimentación o de una anemia prolongada; la cama como trono de poder, de control sobre los hijos. Ahí la recuerdo, sentada y acostada, viendo la tele, escuchando la radio, platicando, peinándose, desayunando, comiendo y cenando, toda su vida en una cama. Tan es así que la frase “voy a reposar el baño” es legendaria en casa, aludiendo a esta experiencia habitual de mi abuela.
De esta forma, crecieron sus hijos. Alrededor de la cama y cumpliendo las tareas que la madre enferma o preñada no podía realizar. Las hijas, por supuesto y como consecuencia de una sociedad machista, tuvieron que encargarse en mayor cantidad de estas tareas.
Y así, comenzaron las pérdidas. Un hijo fue rechazado hasta la desaparición de todo recuerdo, como resultado de un castigo por sus acciones juveniles y, quizá, equívocas. No nos enteraremos hasta encontrar al susodicho. Luego, uno se fue. Hace poco fue reencontrado y aunque intentó ver por última vez a su madre, los hijos le negaron dicha oportunidad. Poco después, en el año de 1966, murió su segundo esposo. Y finalmente, en 1968, uno de los dolores más terribles que sufrió fue la muerte de su hijo predilecto, de Rey.
Todo ello lo asumió como asunto del destino. También fue el destino convertirse y dedicarse a ser madre de su último hijo, Rubén, y de ser abuela de sus muchos nietos. Algunos la recordarán de forma atropellada como la peor abuela, otros la recordaremos como la abuelita más cariñosa y dedicada.
¿Qué más decir de esta vida llena de fantasías, sueños, gustos, risas, alegrías pero claro está, también de tristezas, lloridos, crisis, tragedias? Si, una más: se quedó ciega. Se quedó sola. Se quedó rodeada de algunos hijos y nietos pero, al final de cuentas, sola. Así se puede explicar su determinación de irse con su hijo predilecto: una negación de sí misma. Pero, ¿cuál vida se escapa de eso? Creo que ninguna, todas caen en contradicciones y terribles decisiones.
Los últimos tres años de su vida transcurrieron no sólo en oscuridad sino también en una ensoñación estilo pesadilla: no sabía si era de día, de noche, de primavera o de invierno. Ausente de sí misma. Perdida entre sombras e imágenes que nunca pudo compartir con nosotros, con muchos de nosotros que la recordamos.
· Por el mismo camino
Lo bueno de vivir la vida es que uno comparte experiencias de todo tipo con mucha gente. Y así, de pronto coincidimos con personas valiosas. Para mí, la relación con mi abuela fue así, magnífica, completa y feliz. No siempre, pero sí en su mayoría. Estoy contenta de haberla conocido, de haber tocado sus manos, de haberla escuchado, de haberla visto cambiar, de abrazarla muchas veces.
Dicen que todas las abuelas les dicen a sus nietos que son los favoritos. Eso también me dijo mi abue a mí en múltiples ocasiones. A ella le creo más. Sé que fui su consentida. Con eso me quedo.
· Por distintos caminos
Hace tres años mi abuela me dejó. Antes de su muerte física, ella sufrió una muerte social y anímica. No es que no estuviera, como en un coma, sino que se dejó ir a lugares desconocidos. Desconocidos y lejanos. La vi muy mal y dejé de asistirla. Decidí despedirme y hacerme a la idea de que estaría mejor en otras condiciones, como bajo tierra. Su cuerpo pasó de ser una estructura rechoncha a un esqueleto con pellejo, con visos de Bertha. Nunca más pude enfrentarme a su imagen, ni siquiera a sus noticias. Decidí dejar la culpa de este abandono a sus hijos y no a ella. Y por eso, también la abandoné.
No me arrepiento, creo que fue necesario porque ello permitió que todo el proceso de dolor fuera aminorado. La sentí. La viví. Y me separé de ella. Con gusto y al mismo tiempo con dolor. Otra contradicción de la vida.